El dragón (cuento)
Ella estiró un poco el cuello, imitó el gesto serio que tan bien evitaba con su sonrisa azul, relajó los párpados y me dijo que esta vez, de verdad, sí la había decepcionado. Daba igual. La recurrencia a ciertas palabras, el retorno a ciertos hábitos de agresión verbal, ciertas frases que se repiten como por casualidad terminan por colapsarse, como una pomada tibia e inócua que ni cura ni mata. La costumbre tensa los tímpanos como la piel de un tambor irrompible, es el anticuerpo de la locura. Durante varias horas, mi afán derrotista, mi desesperanza superlativa ante el ser humano y, quizá, mis explicaciones sobre lo incesante de la estupidez terminaron por hastiarla. Al instante se arrepintió y musitó una disculpa que acepté complacido. Brindé con ella y le expliqué, dada la asiduidad de ciertas personas a expresar lo decepcionante de mi manera de actuar, que las palabras repetidas no son dolorosas, es más, caen al suelo como palomas caducas o como hojas muertas. Aproveché para narrarle un cuento llamado La sentencia, de Wu Cheng'en, que había leído tiempo atrás:
Aquella noche, en la hora de la rata, el emperador soñó que había salido de su palacio y que en la oscuridad caminaba por el jardín, bajo los árboles en flor. Algo se arrodilló a sus pies y le pidió amparo. El emperador accedió; el suplicante dijo que era un dragón y que los astros le habían revelado que al día siguiente, antes de la caída de la noche, Wei Cheng, ministro del emperador, le cortaría la cabeza. En el sueño, el emperador juró protegerlo.Cuando acabé, en sus ojos brotaron lágrimas inmunes a la gravedad, como si brotara sangre de una cabeza cercenada -y de las cabezas cercenadas no brota la sangre antes que el alma-. Mi comparación altiva y arrogante con un ser sagrado, más que mi renuncia a aprovechar la maleabilidad del destino, colmó el vasto vaso de su paciencia y ya no tuvo la fuerza para hablar.Al despertarse, el emperador preguntó por Wei Cheng. Le dijeron que no estaba en el palacio; el emperador lo mandó buscar y lo tuvo atareado el día entero, para que no matara al dragón, y hacia el atardecer le propuso que jugaran al ajedrez. La partida era larga, el ministro estaba cansado y se quedó dormido.
Un estruendo conmovió la tierra. Poco después irrumpieron dos capitanes, que traían una inmensa cabeza de dragón empapada en sangre. La arrojaron a los pies del emperador y gritaron:
-¡Cayó del cielo!
Wei Cheng, que había despertado, la miró con perplejidad y observó:
-Qué raro, yo soñé que mataba a un dragón así.

















8 comentarios:
Te auguro el comienzo de una laaarga amistad con la literatura china, verdad?
Sin duda, es justo y necesario, es nuestro deber y salvación.
Bien dicho. La literatura, y algunas literaturas en particular, es un deber que salva.
¿Gotardo? Más bien Petardo, porque vaya coñazo.
Mira quien fue hablar, no hay mayor bajeza que meterse con alguien por razones etimológicas. Además, demuestra que no tiene nada que reprochar al texto. Elisabeth Lang
¿Cuanto tiempo te llevó encontrar etimológico en el diccionario? Sigo pensando que el texto, al igual que el 99 % de este blog es un coñazo, y hay libertad de expresión, no?
Atron, hay libertad de expresión. Prueba de ello es que te estoy dejando decir todas las sandeces que quieras. Por cierto, eminencia, hay gente en España, aunque a tí te parezca sorprendente, que no necesita de diccionarios para saber lo que significa la palabra "etimológico".
Interesante. Esa pregunta que haces es muy muy significativa...: ¿Cuánto tiempo te ha llevado a tí? Es una pregunta retórica, no te molestes. Elisabeth Lang
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